Mucho más allá del estrés: la coherencia vital.
Una de las grandes preguntas que tenemos sobre la mesa en cuanto a la enfermedad inflamatoria intestinal es su causa, qué desencadena los brotes. ¿Qué es lo que hace que la enfermedad debute o que, tras un periodo de remisión, vuelva a aparecer?
Es una patología tan compleja y multifactorial que el enfoque clínico habitual, centrado en apagar el síntoma, a menudo encuentra dificultades para explicar el origen real del mismo. Frecuentemente, las respuestas se limitan a la genética o al azar: “No se sabe por qué”, “No hay ninguna razón concreta”, “Aparece y ya está”, “Has tenido mala suerte con tus genes”, “No hay nada que podamos hacer para controlarla” o incluso “Lo único que puedes hacer es rezar”.
Estas son respuestas que yo, como paciente de EII, he recibido en las ocasiones en las que me he atrevido a preguntar. Respuestas que, en su momento, me sumieron en esa sensación de desamparo ante la falta de control sobre mi salud y el miedo a la posibilidad de que, en cualquier momento, mi cuerpo decidiera “volver al ataque” de nuevo.
Sin embargo, la evidencia científica actual nos muestra que la genética, aunque influyente, suele tener un peso estimado de alrededor del 30% en las enfermedades autoinmunes. ¿Qué ocurre con el 70% restante? Ahí es donde recuperamos el poder: es el terreno de la epigenética, el conjunto de factores ambientales externos al individuo que hacen que los genes se expresen o no. La genética predispone, pero no determina. La clave está en la epigenética.
Así, cuando ampliamos nuestro punto de mira y observamos la enfermedad inflamatoria intestinal desde un enfoque de salud integrativa, aparecen una serie de factores que sí podemos manejar y que influyen en la aparición y el curso de la enfermedad, siempre teniendo claro que habrá variables que escaparán a nuestro control. Los más estudiados tienen que ver con el estilo de vida: la alimentación, el descanso, el respeto a los ritmos circadianos, la exposición adecuada al sol, el ejercicio físico, el lugar donde vivimos, la exposición a tóxicos ambientales, la gestión emocional o el estrés.
Del cuidado de estos factores dependerá el buen funcionamiento de dos mecanismos fisiológicos básicos para tener una buena salud, sobre todo en el contexto de la autoinmunidad: la permeabilidad intestinal y la microbiota. El estado de estos dos aspectos será determinante para el tercer elemento clave: contar con una buena regulación inmunitaria; es decir, un sistema inmunológico capaz de actuar de manera tolerogénica, reaccionando ante las agresiones y los patógenos con eficacia y contundencia pero sin descontrolarse ni ejercer una respuesta excesiva.
Por último, se ha documentado que el cuarto elemento clave en la enfermedad autoinmune es el estrés, que suele actuar como disparador final cuando el resto de cuestiones físicas no están en orden. Todos sabemos que el estrés afecta directamente a nuestro estado de salud, tanto emocional como físico. Es sencillo encontrar una evidencia directa de la conexión mente-cuerpo. Es muy común entre las personas con enfermedades autoinmunes que aparezca un brote cuando se ha pasado por un periodo exigente a nivel psicológico. Normalmente la persona suele ser consciente de esta relación, ya que es común que exista un patrón claramente identificable que relaciona “periodo de estrés – brote o empeoramiento de los síntomas”. Existen varios mecanismos fisiológicos por los que el estrés mantenido afecta al curso de la EII, siendo el más directo la alteración del eje HPA, que provoca un exceso de cortisol en el organismo que desregula la función del sistema inmunitario.
Sin embargo, en este artículo me quiero centrar en un aspecto de la conexión mente-cuerpo que no es tan evidente, que se sitúa en un nivel más profundo y que, por tanto, suele pasar desapercibido para la mayoría de personas. No obstante, a la hora de influir en nuestra salud, puede ser igual o más determinante que los factores físicos o que el propio estrés consciente. Se trata de la coherencia vital, es decir, estar alineados con nuestra esencia, con lo que somos en lo más profundo de nuestro ser. Consiste en vivir de manera acorde a nuestros deseos y anhelos más íntimos y sentirnos en armonía con lo que somos, lo que sentimos, lo que hacemos y lo que decimos.
Aquí entra en juego un tercer componente a añadir en la relación cuerpo-mente: el espíritu, entendido como nuestra esencia o autenticidad. Y es que, aunque cuidemos la alimentación y gestionemos el estrés consciente, si existe una disonancia profunda con nuestro ser, nuestro organismo lo detecta. La falta de coherencia interna actúa como un ruido de fondo constante, una señal de alarma sutil pero potente que mantiene al sistema inmunitario en guardia, dificultando la remisión profunda o facilitando el terreno para nuevas recaídas.
Cuando algo en nuestro yo profundo está desalineado, aunque no seamos conscientes, nuestro sistema nervioso va a encontrarse en modo alerta (lucha, huida o congelación) de igual manera que cuando sufrimos estrés consciente, activando una serie de mecanismos de defensa que afectan al cuerpo incluso antes que a la mente. Hoy en día es muy común sostener aspectos de nuestras vidas que van en contra de nuestro ser, que no resuenan con nuestro verdadero yo. Puede ser un trabajo que no te motiva, una relación de pareja que no te llena, vivir en un lugar que no sientes tu hogar, mantener algo en contra de tus valores, un conflicto familiar que está por resolver… Hay miles de situaciones que, sostenidas por algún beneficio secundario, van en contra de lo que somos.
Suele avisarnos una sensación sutil, como algo que chirría, algo que no encaja del todo, pero a la que no solemos prestar atención porque eso supondría enfrentarnos a decisiones para las que, quizás, no nos sentimos preparados. El cuerpo ya sabe lo que la mente aún no ha percibido. Y lo expresa a través del síntoma.
Es bien sabido que el cuerpo posee una sabiduría instintiva que va un paso por delante de nuestra mente racional. Cuando sostenemos situaciones que van en contra de nuestra esencia, el cuerpo suele utilizar el síntoma no como castigo, sino como mensajero. Es una señal biológica de que hay una necesidad profunda pidiendo ser escuchada. Mientras no atendemos esa incoherencia, el cuerpo seguirá gritando a su manera, intentando protegernos o detenernos para que, por fin, nos miremos de verdad.
La dupla cuerpo-mente ha de transformarse en la triada cuerpo-mente-espíritu, que debemos cuidar para alcanzar la verdadera salud. Así, especialmente cuando sentimos que “lo estamos haciendo todo bien” a nivel físico y mental y aun así la salud se resiste, quizá sea momento de invitar a la ecuación a este tercer elemento con amabilidad y sin juicios. Teniendo en cuenta que siempre habrá cosas que quedarán fuera de nuestro control, abrirnos a explorar nuestra coherencia interna puede ser una oportunidad para alinear nuestra vida y nuestra salud.
Para terminar, dejo algunas preguntas para explorar nuestro nivel de coherencia interna:
• ¿Están alineados mi cuerpo, mi mente y mi espíritu?
• ¿Estoy haciendo en mi vida lo que siento que debo hacer?
• ¿Hay algún conflicto en algún aspecto de mi vida?
• ¿Hay algo en mi vida que no esté en coherencia con lo que soy o lo que necesito?
• ¿Hay algo que no me hace feliz y que esté sosteniendo por miedo?
• ¿Lo que digo, lo que siento, lo que hago y lo que soy van en la misma dirección?

Sergio García Fresneda
Psicólogo especializado en salud integrativa y PNI